“No hay permanencia en parte alguna,” escribe el poeta Rainer Maria Rilke. El mundo humano, para bien o para mal, es un mundo interpretado y, por tanto, un mundo sin asideros fijos a los que poder agarrarse, un universo sin puntos de apoyo definitivos. El mundo humano es un mundo sin seguridad ontológica. Vivir en un mundo interpretado supone habitar en la incertidumbre, en un mundo en el que las verdades definitivas han desaparecido. A diferencia de las cosas, de los árboles, de las casas… “sólo nosotros pasamos por delante de todo como aire que cambia.”

Existir es interpretar, porque lo propio de la existencia humana consiste en no tener nada propio, la definición de hombre, de ser humano es no tener definición. Como ha escrito el antropólogo Arnold Gehlen, “el hombre no está terminado: es decir, sigue siendo tarea para sí mismo y de sí mismo. (…) Esto no eslujo, que podría dejar de hacerse, sino que el estar inacabado pertenece a sus condicionamientos físicos, a su naturaleza.”

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Que el ser humano es un ser cultural, en un tiempo y espacio significa también que es contingente. Contingencia no significa aquí casualidad, sino indisponibilidad. Lo contingente es lo indisponible de la existencia humana. Nunca comenzamos a existir a partir de cero. Hay elementos en la existencia de los seres humanos que resultan indisponibles, elementos sobre los cuales ellos no puede decidir: el lugar de su nacimiento, su familia, la lengua materna… Por esta razón, las interpretaciones a las que antes hacíamos referencia, las historias que fabricamos sobre nosotros mismos, nunca son del todo creadas por nosotros mismos.

Como ha escrito el filósofo alemán Odo Marquard,la vida del ser humano es demasiado corta para que podamos escapar de nuestro pasado. La capacidad de crear algo nuevo que cada ser humano posee, la facultad de innovar, solamente puede tener lugar a partir de aquello que nos viene dado. El hecho de comportarse con la contingencia es esencial al ser humano, porque no es posible que los hombres y las mujeres eliminen la contingencia,su contingencia. Siempre nos comportamos de un modo u otro con la contingencia, y jamás podemos superarla del todo. Si los seres humanos lo consiguieran serían absolutos, y dejarían de ser humanos. Absolutizar al ser humano supone divinizarlo. Desde esta perspectiva contemplamos la educación, como una suerte de trato con la contingencia, como la forma en que cada ser humano se enfrenta a la contingencia, y le da sentido.

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